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La parábola de los ciegos
(en
neerlandés, De parabel der blinden)
es una obra del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo. Es un óleo sobre
tabla, pintado en el año 1568. Mide 86 cm de alto y 154 cm de ancho. Se exhibe
actualmente en el Museo di Capodimonte de Nápoles, Italia.
La
pintura data de 1568, el año de la muerte de Pieter Bruegel el Viejo. No se
sabe con exactitud cuándo nació, pero no debió de vivir más de 40 años.
Desde
1563 Bruegel, ya casado, vivía en Bruselas, el centro administrativo y del
poder español, a cuyo imperio pertenecían las provincias de Flandes. Un año
antes de que Bruegel pintara la Parábola de los ciegos, el duque de Alba había
llegado allí con sus tropas: por orden del rey de España, para eliminar a todos
los herejes de la zona (calvinistas, luteranos y anabaptistas) y a todo aquel
que se opusiera a la autoridad española.
En
1568, cuando se pintó el cuadro de los ciegos, en Bruselas reinaba el terror.
En enero se ejecutó públicamente a 84 ciudadanos; dos meses después, a más de
1.500 habitantes de Flandes, y el domingo de Pascua se decapitó por orden del
«consejo sangriento» del duque de Alba a dos influyentes aristócratas, los
condes de Egmond y de Horne.
La
pintura tiene un tamaño de 86 por 154 centímetros, y su tema procede del
Evangelio de San Mateo, según el cual Jesús dijo de los fariseos que eran
«ciegos que guían a otros ciegos y, si un ciego guía a otro ciego, ambos caen
en el hoyo».
La
pregunta sobre quién es el guía que realmente ve, relacionada con qué parte era
la que tenía la razón, resultaba de amarga actualidad en Flandes, y el miedo a
la desgracia, a caer en el hoyo, preocupaba a muchos flamencos, probablemente
también al pintor.
Antes
de su muerte, Bruegel entregó a su mujer algunos bocetos con anotaciones para
que los quemara y no pudieran llegar a hacerse públicos. En la pintura adoptó
una posición política, quizá no claramente reconocible, pero su obra alude sin
duda a una catástrofe. Quizás el desarrollo de los asuntos políticos pudo haber
influido en el pintor.
Bruegel
presenta a los seis ciegos como a mendigos deformes y miserables. En la
Antigüedad, la imagen de los ciegos era muy distinta. En la mitología griega,
Zeus devuelve la vista a Tiresias por los conocimientos que ha logrado
adquirir. Y se consideraba a los cantantes ciegos personas especialmente
capacitadas.
En el
mundo cristiano de la Edad Media no había lugar para esos regalos de Zeus. Sin
embargo, se utilizaba a los ciegos para curaciones milagrosas. Casi todos los
pintores se centraban en la historia evangélica de Bartolomé, que imploró la
ayuda del Salvador, y «Jesús le dijo: ve, tu fe te ha salvado». Estas palabras
podían aplicarse igualmente a los ciegos guías de ciegos: sólo el que tenga
verdadera fe podrá ver.
Los
protestantes no creían demasiado en milagros y en santos. En el siglo xvi no se
pintaron cuadros sobre curaciones de ciegos en las zonas protestantes, ni tampoco
en los lugares dominados por el catolicismo. No obstante, la figura del mal
como guía se citaba con gran frecuencia en escritos religiosos y polémicos,
como los de Martín Lutero: «Dejad que el papa siga siendo un ciego guía de
otros ciegos».
En
Flandes se conservan dos grabados sobre el tema, anteriores a Bruegel. La pintura
que nos ocupa es la más antigua que se conoce sobre este motivo. Bruegel pintó
mendigos que tropiezan y caen, que andan a tientas y que se empujan, en lugar
de hombres favorecidos por el poder de Zeus o de Cristo.
Ni
antes ni después de Pieter Bruegel, nadie retrató a los ciegos de una forma tan
realista e impresionante como lo hizo él en Bruselas en 1568.
Bruegel mira a los ciegos a la cara
En la
época de Bruegel se retrataba a los ciegos con los párpados cerrados. Sólo
interesaba la pérdida de la vista, no la variedad de enfermedades que podía provocarla.
Bruegel ofrece una visión más detallada.
Su curiosidad
se corresponde con el interés general de su época por el entorno real. Después
de la Edad Media y de su orientación eminentemente teológica, empezó una nueva
era de investigación científica de la naturaleza y del mundo. Bruegel pintó los
ojos de los ciegos con la exactitud del diagnóstico de un experto actual. El ciego
del gorro azul sufre amaurosis, el que va detrás de él tiene esclerosis de
córnea, y el que va delante ha sufrido una lesión o extracción del globo
ocular, producida en una pelea o como castigo por un delito.
Una obra
de medicina de 1585 distingue entre 143 enfermedades oculares, pero la
investigación y la clasificación eran principalmente cosa de las universidades.
Entre éstas y la práctica había un gran abismo. Para los cultos doctores, las
intervenciones quirúrgicas constituían un «sucio trabajo manual» y por eso las
dejaban en manos de otras personas, en su mayoría sangradores, barberos y
charlatanes. Éstos iban de feria en feria ofreciendo sus servicios, vendían
mezclas de hierbas o daban consejos, como por ejemplo beber orina de hombres
pelirrojos, ya que era lo mejor «contra fístulas, enrojecimiento y
oscurecimiento de los ojos, para eliminar cataratas y glaucoma y para acabar
con las lágrimas».
En el
siglo xvi, ver ciegos en las calles era mucho más frecuente que en la actualidad.
Por un lado se hacía más vida en los espacios públicos y por otro había más
ciegos que hoy.
La
situación podría equipararse a la de algunos países africanos en vías de desarrollo.
La falta de higiene era una de las causas más importantes de la ceguera. Puesto
que no se podía esperar mucho de los médicos ni de los curanderos de mercado,
las esperanzas se concentraban en la ayuda divina o de los intermediarios designados
por la Iglesia católica, los santos patrones.
La
mayoría de las personas con dolencias oculares le rezaba a santa Lucía. Su
historia cuenta cómo un poderoso pagano deseaba casarse con ella por sus bellos
ojos y la quería obligar a abandonar el cristianismo. Lucía se arrancó los
globos oculares y se los entregó diciéndole que le dejara seguir su fe, ahora
que ya tenía lo que quería. Como consecuencia de ello, el pagano abrazó el
cristianismo y a Lucía le crecieron de nuevo los ojos.
Había
santos patrones y leyendas para cada enfermedad, y los afectados les otorgaban
tanta importancia como a la causa de la enfermedad o a los métodos para curarla.
La selección del santo protector podía deberse a las razones más extrañas. En
Alemania, por ejemplo, se le rezaba a san Agustín (en alemán, Augustinius),
pero no por una leyenda relacionada con la vista, sino porque su nombre
empezaba por Aug, y Auge en alemán significa «ojo».
Faltan
datos estadísticos sobre la extensión de las enfermedades, pero es posible
sacar conclusiones acerca del número de santos protectores. En el siglo xvi,
había 123 que protegían de la fiebre, se invocaba a 53 santos contra la peste,
a 49 para dolencias de la cabeza y a 47 en el caso de las enfermedades
oculares.
Las dolencias
oftalmológicas constituían, por lo tanto, uno de los grupos principales. Frente
a la epilepsia sólo ayudaban 37 santos, contra la gota, 23, contra los cálculos
de la vesícula, 20, etc. En la obra de Bruegel no aparece ninguno de ellos. Él
había pintado santos de la Biblia, no de la tradición católica.
La
iglesia de esta obra es una de las más polémicas de la historia del arte. Al
menos hay tres interpretaciones distintas sobre su presencia:
Según
la primera, la iglesia aparece como advertencia moral y religiosa. Con toda
intencionalidad, Bruegel pintó el edificio en un espacio situado entre los primeros
ciegos, que se han perdido sin redención, y los restantes, a los que la iglesia
aún podría salvar de su tropiezo.
La
segunda interpretación afirma que el cuadro no habla a favor de la Iglesia,
sino en contra de ella, ya que Cristo se sirvió de los ciegos para calificar a
los fariseos, y así serían también los guías de la Iglesia y los monjes. El
pequeño árbol seco situado ante el edificio de la iglesia indica que es una
institución inútil, extinguida y corrupta.
Según
la tercera interpretación, la iglesia no es un símbolo sino un elemento más del
paisaje. En casi todas las pinturas y grabados de Bruegel con pueblos aparece
una iglesia, lo cual supone simplemente un reflejo de la realidad de su época.
Lo
único indiscutible es que la religión y la Iglesia marcaron decisivamente el
transcurso del siglo xvi: decadencia del papado, Reforma de Martín Lutero,
Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, Contrarreforma o lucha de los líderes católicos
frente al protestantismo.
El
entorno de Bruegel estaba especialmente alborotado por la lucha entre los
monarcas españoles y la oposición política y religiosa de Flandes. Según la
ciudad o la provincia en la que se encontraran, los edificios religiosos eran
usados por los protestantes o por los católicos, y había en este sentido una
gran disputa.
La Iglesia y los pobres
Las
nuevas doctrinas de los reformistas afectaban de lleno a los ciegos, quienes no
podían heredar jurídicamente y dependían en exclusiva de las limosnas. Los donativos
a los necesitados formaban parte de las «buenas obras» que, segtin la tradición
católica, limpiaban los pecados y permitían alcanzar la vida eterna. Los protestantes,
en cambio, afirmaban que sólo Dios decidía a quién acogía en su gracia. Las
buenas obras no suponían ninguna ventaja para el donante y ello comportaba el
fin de la exhortación a la limosna. Se endureció así el destino de muchos mendigos
que pedían caridad a la puerta de iglesias y monasterios.
Además,
los protestantes cerraron los conventos católicos y expropiaron a la Iglesia
católica, en particular sus enormes posesiones de tierra. Las asociaciones benéficas
municipales, que sustituyeron a las eclesiásticas, intentaron acabar con los
mendigos que vagaban por todo el país. El número de indigentes era elevado,
especialmente en la avanzada zona de los actuales Países Bajos, donde se había
abolido la servidumbre y, con ella, la asistencia de los señores feudales. Los
ciudadanos estaban preparados para ocuparse de sus propios pobres, pero a los
mendigos forasteros se los expulsaba de la ciudad. La gente no confiaba en
ellos, porque no sabía si eran tan pobres o estaban tan enfermos como
aparentaban. Un grupo de seis ciegos vagabundos como el del cuadro despertaba
la compasión de la gente que tenía un techo bajo el cual cobijarse.
La
postura de los protestantes se justificaba a través de la doctrina calvinista
sobre la predestinación, según la cual la vida de cada persona está
predeterminada por Dios. Los ricos no debían avergonzarse de su riqueza,
siempre que dieran una décima parte de sus ganancias a la Iglesia, ya que Dios
había dispuesto que tuvieran dinero y posesiones.
De la
misma manera, los enfermos, los lisiados o los ciegos vivían miserablemente
porque Dios así lo había establecido. Ésa era la voluntad inescrutable de Dios,
con la que toda persona debía conformarse según la estricta doctrina
calvinista.
No hay
ninguna prueba que demuestre que Bruegel era calvinista o que se mantuvo fiel
al catolicismo durante toda su vida. A juzgar por sus cuadros y por sus amigos,
debía de ser como mínimo un católico crítico, ya que ninguna de sus pinturas se
adapta al programa de edificación y doctrina de la Iglesia. Incluso cuando
pinta temas bíblicos, éstos quedan tan ocultos que parecen secundarios.
Algunos
hombres de su entorno, como el cartógrafo Abraham Ortelius o el filósofo y
poeta Dirck Volckertszoon Coornhert lo calificaron en sus escritos de estoico,
y es probable que Bruegel hiciera suyos algunos aspectos del pensamiento de esa
escuela filosófica antigua. Según sus ideas, el universo estaba regido por una
fuerza ordenadora que asignaba a cada ser vivo un lugar y un destino. La virtud
del hombre consistía en soportar el propio destino. En el caso del tema que nos
ocupa, la pérdida de la vista depende de una instancia superior y el ciego no
puede hacer nada para cambiarla. Esta doctrina sobre el destino se asemeja al
pensamiento calvinista sobre la predestinación. Amb.os proponen una postura
distanciada y sin sentimentalismo ante los mendigos y los disminuidos.
Esta
forma de pensar se pone de manifiesto en la representación que hace Bruegel de
los ciegos. El pintor podría haber intentado' despertar en el observador
compasión y simpatía hacia esos hombres que tropiezan unos contra otros, pero
lo que hace es exactamente lo contrario. Los muestra casi como si fueran carne
de horca, como personas a las que se puede considerar violentas y mentirosas.
Las cuencas de los ojos nos hacen suponer que han sido castigados o han participado
en una pelea. Es decir, que son culpables de su ce
guera.
Esta concepción, que actualmente parece despiadada, existía también en la literatura.
En el año 1553 se editó en Amberes El Lazarillo de Tomes. El joven Lázaro se
abre al mundo en su condición de guía de un ciego y aprende los trucos y engaños
con los que éste se gana la vida. Al
final llega a la siguiente conclusión: desde la creación, Dios nunca había creado
a nadie con tantas artimañas, tan astuto y malvado como él.
El
libro se reeditó en varias ocasiones. En 1554, y a pesar de la prohibición
inquisitorial, se publicó en España, donde gozó de la misma popularidad que en
Flandes. Una figura parecida al Lazarillo en la literatura alemana es Till
Eulenspiegel. En una parte del relato, escrita en 1510, Till conoce a un grupo
de ciegos. Les promete dinero a cambio de una copiosa comida y cada uno de
ellos se cree que se lo ha dado a otro, por lo que todos se quedan sin nada. En
Francia circulaban asimismo varias historias picarescas con episodios humorísticos
a costa de los ciegos.
También
los cuadros de Bruegel divertían a la gente. Su primer biógrafo dice que muchos
llamaban al pintor «Pieter el gracioso», y la razón que aduce es que «quien
mira el cuadro no puede permanecer serio y sin reír».
¿Podía
reírse alguien con un cuadro como el de los ciegos? Actualmente resulta
impensable. Pero en aquella época vivían en las cortes enanos o deficientes
mentales que hacían las veces de bufones. La tendencia siempre ha sido la
misma: el culto se ríe del inculto, de la persona presuntamente tosca, torpe o
ignorante. También hoy se ríen los niños cuando alguien tropieza y se cae en un
charco.
No hay lugar para la piedad
Antes que Bruegel, ya habían retratado a ciegos otros
artistas. A mediados del siglo xvi lo hizo, por ejemplo, Cornelis Massys, en un
grabado que representa a unos invidentes sin características individuales y con
los ojos cerrados, como era tradicional. La comparación acentúa las cualidades
de la obra de Bruegel. Él no pintó clichés, sino personas, cada una de ellas
con su propia cara y su propia enfermedad.
Bruegel individualizó, a diferencia de Massys, quien
al pintar a seis personas una detrás de otra parecía que retratara a personas
en general. Ante su obra, sus coetáneos podrían haberse acordado de las danzas
macabras, en las que todas las figuras desfilan tocando al personaje que va
delante. Sin embargo, la mayor diferencia con la obra de Massys es que en el
grabado de éste los ciegos caminan a un mismo nivel, mientras que en el cuadro
de Bruegel están situados en diagonal. El movimiento de caída de los ciegos
cobra un nuevo significado por la trayectoria de la línea diagonal.
En el grabado de Massys, la caída parece una
casualidad tonta. La diagonal de Bruegel, en cambio, hace de la caída algo
inevitable, como una trayectoria hacia algo definitivo. Esa sensación de la
existencia de un final viene reforzada por los colores, matizados todos ellos
por un tono de gris. No hay ningún contraste vivo, sólo la persona que va al
final de todo lleva algo rojo en su ropa. Más significativos son los colores de
la indumentaria del guía que se cae. El pantalón, la capa, la chaqueta, el sombrero
y el instrumento musical se acercan a las tonalidades de la tierra y del agua
en la que se va a hundir. El pintor sugiere que van a acabar en la tierra. Las
cabezas de los ciegos forman una curva, la curva de la vida, y las de los que
se caen marcan su fin. No es sólo un cuadro sobre la ceguera, sea física, moral
o religiosa, sino sobre el imparable movimiento hacia la muerte.
En la charca en la que se encuentra el ciego que se ha
caído crece un lirio. La flor es tan grande como la cara de los personajes. En
comparación con la brutalidad naturalista de la cabeza de los ciegos, el tamaño
exagerado de la flor parece un símbolo del otro mundo. Bruegel conocía su simbolismo:
los lirios blancos aludían a la pureza y a la redención, pero el pintor deja
abierta la posibilidad de que los hombres consigan redimirse o no, de que
alguno de ellos pueda alcanzar el lirio.
La caída de la vida
El
hecho de que Bruegel pintara el cuadro de los ciegos en el mismo año de su
muerte y en un período de asesinatos ordenados por las autoridades permite suponer
que quería comunicar algo sobre el final de la vida.
Pero
también puede haber otro motivo. Es posible que su inspiración se debiera a una
mera cuestión de técnica: la representación de personas que se caen. En otro
lienzo suyo de 1568, El ladrón de nidos, colocó en el centro de la imagen a una
figura monumental que se cae hacia delante, es decir, hacia el observador del
cuadro. En la obra de los ciegos plasmó una caída desde una perspectiva
lateral, como si fuera una secuencia a cámara lenta. En la pintura nunca se
había hecho nada igual hasta la fecha. El interés técnico y artístico de
Bruegel por el tiempo y por las circunstancias de la vida hicieron posible la
creación de este extraordinario cuadro.

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