martes, 25 de abril de 2017

Obras maestras Capodimonti

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La parábola de los ciegos
(en neerlandés, De parabel der blinden) es una obra del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo. Es un óleo sobre tabla, pintado en el año 1568. Mide 86 cm de alto y 154 cm de ancho. Se exhibe actualmente en el Museo di Capodimonte de Nápoles, Italia. 

La pintura data de 1568, el año de la muerte de Pieter Bruegel el Viejo. No se sabe con exactitud cuándo nació, pero no debió de vivir más de 40 años.
Desde 1563 Bruegel, ya casado, vivía en Bruselas, el centro administrativo y del poder español, a cuyo imperio pertenecían las provincias de Flandes. Un año antes de que Bruegel pintara la Parábola de los ciegos, el duque de Alba había llegado allí con sus tropas: por orden del rey de España, para eliminar a todos los herejes de la zona (calvinistas, luteranos y anabaptistas) y a todo aquel que se opusiera a la autoridad española.
En 1568, cuando se pintó el cuadro de los ciegos, en Bruselas reinaba el terror. En enero se ejecutó públicamente a 84 ciudadanos; dos meses después, a más de 1.500 habitantes de Flandes, y el domingo de Pascua se decapitó por orden del «consejo sangriento» del duque de Alba a dos influyentes aristócratas, los condes de Egmond y de Horne.
La pintura tiene un tamaño de 86 por 154 centímetros, y su tema procede del Evangelio de San Mateo, según el cual Jesús dijo de los fariseos que eran «ciegos que guían a otros ciegos y, si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo».
La pregunta sobre quién es el guía que realmente ve, relacionada con qué parte era la que tenía la razón, resultaba de amarga actualidad en Flandes, y el miedo a la desgracia, a caer en el hoyo, preocupaba a muchos flamencos, probablemente también al pintor.
Antes de su muerte, Bruegel entregó a su mujer algunos bocetos con anotaciones para que los quemara y no pudieran llegar a hacerse públicos. En la pintura adoptó una posición política, quizá no claramente reconocible, pero su obra alude sin duda a una catástrofe. Quizás el desarrollo de los asuntos políticos pudo haber influido en el pintor.
Bruegel presenta a los seis ciegos como a mendigos deformes y miserables. En la Antigüedad, la imagen de los ciegos era muy distinta. En la mitología griega, Zeus devuelve la vista a Tiresias por los conocimientos que ha logrado adquirir. Y se consideraba a los cantantes ciegos personas especialmente capacitadas.
En el mundo cristiano de la Edad Media no había lugar para esos regalos de Zeus. Sin embargo, se utilizaba a los ciegos para curaciones milagrosas. Casi todos los pintores se centraban en la historia evangélica de Bartolomé, que imploró la ayuda del Salvador, y «Jesús le dijo: ve, tu fe te ha salvado». Estas palabras podían aplicarse igualmente a los ciegos guías de ciegos: sólo el que tenga verdadera fe podrá ver.
Los protestantes no creían demasiado en milagros y en santos. En el siglo xvi no se pintaron cuadros sobre curaciones de ciegos en las zonas protestantes, ni tampoco en los lugares dominados por el catolicismo. No obstante, la figura del mal como guía se citaba con gran frecuencia en escritos religiosos y polémicos, como los de Martín Lutero: «Dejad que el papa siga siendo un ciego guía de otros ciegos».
En Flandes se conservan dos grabados sobre el tema, anteriores a Bruegel. La pintura que nos ocupa es la más antigua que se conoce sobre este motivo. Bruegel pintó mendigos que tropiezan y caen, que andan a tientas y que se empujan, en lugar de hombres favorecidos por el poder de Zeus o de Cristo.
Ni antes ni después de Pieter Bruegel, nadie retrató a los ciegos de una forma tan realista e impresionante como lo hizo él en Bruselas en 1568.
Bruegel mira a los ciegos a la cara
En la época de Bruegel se retrataba a los ciegos con los párpados cerrados. Sólo interesaba la pérdida de la vista, no la variedad de enfermedades que podía provocarla. Bruegel ofrece una visión más detallada.
Su curiosidad se corresponde con el interés general de su época por el entorno real. Después de la Edad Media y de su orientación eminentemente teológica, empezó una nueva era de investigación científica de la naturaleza y del mundo. Bruegel pintó los ojos de los ciegos con la exactitud del diagnóstico de un experto actual. El ciego del gorro azul sufre amaurosis, el que va detrás de él tiene esclerosis de córnea, y el que va delante ha sufrido una lesión o extracción del globo ocular, producida en una pelea o como castigo por un delito.
Una obra de medicina de 1585 distingue entre 143 enfermedades oculares, pero la investigación y la clasificación eran principalmente cosa de las universidades. Entre éstas y la práctica había un gran abismo. Para los cultos doctores, las intervenciones quirúrgicas constituían un «sucio trabajo manual» y por eso las dejaban en manos de otras personas, en su mayoría sangradores, barberos y charlatanes. Éstos iban de feria en feria ofreciendo sus servicios, vendían mezclas de hierbas o daban consejos, como por ejemplo beber orina de hombres pelirrojos, ya que era lo mejor «contra fístulas, enrojecimiento y oscurecimiento de los ojos, para eliminar cataratas y glaucoma y para acabar con las lágrimas».
En el siglo xvi, ver ciegos en las calles era mucho más frecuente que en la actualidad. Por un lado se hacía más vida en los espacios públicos y por otro había más ciegos que hoy.
La situación podría equipararse a la de algunos países africanos en vías de desarrollo. La falta de higiene era una de las causas más importantes de la ceguera. Puesto que no se podía esperar mucho de los médicos ni de los curanderos de mercado, las esperanzas se concentraban en la ayuda divina o de los intermediarios designados por la Iglesia católica, los santos patrones.
La mayoría de las personas con dolencias oculares le rezaba a santa Lucía. Su historia cuenta cómo un poderoso pagano deseaba casarse con ella por sus bellos ojos y la quería obligar a abandonar el cristianismo. Lucía se arrancó los globos oculares y se los entregó diciéndole que le dejara seguir su fe, ahora que ya tenía lo que quería. Como consecuencia de ello, el pagano abrazó el cristianismo y a Lucía le crecieron de nuevo los ojos.
Había santos patrones y leyendas para cada enfermedad, y los afectados les otorgaban tanta importancia como a la causa de la enfermedad o a los métodos para curarla. La selección del santo protector podía deberse a las razones más extrañas. En Alemania, por ejemplo, se le rezaba a san Agustín (en alemán, Augustinius), pero no por una leyenda relacionada con la vista, sino porque su nombre empezaba por Aug, y Auge en alemán significa «ojo».
Faltan datos estadísticos sobre la extensión de las enfermedades, pero es posible sacar conclusiones acerca del número de santos protectores. En el siglo xvi, había 123 que protegían de la fiebre, se invocaba a 53 santos contra la peste, a 49 para dolencias de la cabeza y a 47 en el caso de las enfermedades oculares.
Las dolencias oftalmológicas constituían, por lo tanto, uno de los grupos principales. Frente a la epilepsia sólo ayudaban 37 santos, contra la gota, 23, contra los cálculos de la vesícula, 20, etc. En la obra de Bruegel no aparece ninguno de ellos. Él había pintado santos de la Biblia, no de la tradición católica.

La iglesia de esta obra es una de las más polémicas de la historia del arte. Al menos hay tres interpretaciones distintas sobre su presencia:
Según la primera, la iglesia aparece como advertencia moral y religiosa. Con toda intencionalidad, Bruegel pintó el edificio en un espacio situado entre los primeros ciegos, que se han perdido sin redención, y los restantes, a los que la iglesia aún podría salvar de su tropiezo.
La segunda interpretación afirma que el cuadro no habla a favor de la Iglesia, sino en contra de ella, ya que Cristo se sirvió de los ciegos para calificar a los fariseos, y así serían también los guías de la Iglesia y los monjes. El pequeño árbol seco situado ante el edificio de la iglesia indica que es una institución inútil, extinguida y corrupta.
Según la tercera interpretación, la iglesia no es un símbolo sino un elemento más del paisaje. En casi todas las pinturas y grabados de Bruegel con pueblos aparece una iglesia, lo cual supone simplemente un reflejo de la realidad de su época.
Lo único indiscutible es que la religión y la Iglesia marcaron decisivamente el transcurso del siglo xvi: decadencia del papado, Reforma de Martín Lutero, Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, Contrarreforma o lucha de los líderes católicos frente al protestantismo.
El entorno de Bruegel estaba especialmente alborotado por la lucha entre los monarcas españoles y la oposición política y religiosa de Flandes. Según la ciudad o la provincia en la que se encontraran, los edificios religiosos eran usados por los protestantes o por los católicos, y había en este sentido una gran disputa.
La Iglesia y los pobres
Las nuevas doctrinas de los reformistas afectaban de lleno a los ciegos, quienes no podían heredar jurídicamente y dependían en exclusiva de las limosnas. Los donativos a los necesitados formaban parte de las «buenas obras» que, segtin la tradición católica, limpiaban los pecados y permitían alcanzar la vida eterna. Los protestantes, en cambio, afirmaban que sólo Dios decidía a quién acogía en su gracia. Las buenas obras no suponían ninguna ventaja para el donante y ello comportaba el fin de la exhortación a la limosna. Se endureció así el destino de muchos mendigos que pedían caridad a la puerta de iglesias y monasterios.
Además, los protestantes cerraron los conventos católicos y expropiaron a la Iglesia católica, en particular sus enormes posesiones de tierra. Las asociaciones benéficas municipales, que sustituyeron a las eclesiásticas, intentaron acabar con los mendigos que vagaban por todo el país. El número de indigentes era elevado, especialmente en la avanzada zona de los actuales Países Bajos, donde se había abolido la servidumbre y, con ella, la asistencia de los señores feudales. Los ciudadanos estaban preparados para ocuparse de sus propios pobres, pero a los mendigos forasteros se los expulsaba de la ciudad. La gente no confiaba en ellos, porque no sabía si eran tan pobres o estaban tan enfermos como aparentaban. Un grupo de seis ciegos vagabundos como el del cuadro despertaba la compasión de la gente que tenía un techo bajo el cual cobijarse.
La postura de los protestantes se justificaba a través de la doctrina calvinista sobre la predestinación, según la cual la vida de cada persona está predeterminada por Dios. Los ricos no debían avergonzarse de su riqueza, siempre que dieran una décima parte de sus ganancias a la Iglesia, ya que Dios había dispuesto que tuvieran dinero y posesiones.
De la misma manera, los enfermos, los lisiados o los ciegos vivían miserablemente porque Dios así lo había establecido. Ésa era la voluntad inescrutable de Dios, con la que toda persona debía conformarse según la estricta doctrina calvinista.
No hay ninguna prueba que demuestre que Bruegel era calvinista o que se mantuvo fiel al catolicismo durante toda su vida. A juzgar por sus cuadros y por sus amigos, debía de ser como mínimo un católico crítico, ya que ninguna de sus pinturas se adapta al programa de edificación y doctrina de la Iglesia. Incluso cuando pinta temas bíblicos, éstos quedan tan ocultos que parecen secundarios.
Algunos hombres de su entorno, como el cartógrafo Abraham Ortelius o el filósofo y poeta Dirck Volckertszoon Coornhert lo calificaron en sus escritos de estoico, y es probable que Bruegel hiciera suyos algunos aspectos del pensamiento de esa escuela filosófica antigua. Según sus ideas, el universo estaba regido por una fuerza ordenadora que asignaba a cada ser vivo un lugar y un destino. La virtud del hombre consistía en soportar el propio destino. En el caso del tema que nos ocupa, la pérdida de la vista depende de una instancia superior y el ciego no puede hacer nada para cambiarla. Esta doctrina sobre el destino se asemeja al pensamiento calvinista sobre la predestinación. Amb.os proponen una postura distanciada y sin sentimentalismo ante los mendigos y los disminuidos.
Esta forma de pensar se pone de manifiesto en la representación que hace Bruegel de los ciegos. El pintor podría haber intentado' despertar en el observador compasión y simpatía hacia esos hombres que tropiezan unos contra otros, pero lo que hace es exactamente lo contrario. Los muestra casi como si fueran carne de horca, como personas a las que se puede considerar violentas y mentirosas. Las cuencas de los ojos nos hacen suponer que han sido castigados o han participado en una pelea. Es decir, que son culpables de su ce
guera. Esta concepción, que actualmente parece despiadada, existía también en la literatura. En el año 1553 se editó en Amberes El Lazarillo de Tomes. El joven Lázaro se abre al mundo en su condición de guía de un ciego y aprende los trucos y engaños  con los que éste se gana la vida. Al final llega a la siguiente conclusión: desde la creación, Dios nunca había creado a nadie con tantas artimañas, tan astuto y malvado como él.
El libro se reeditó en varias ocasiones. En 1554, y a pesar de la prohibición inquisitorial, se publicó en España, donde gozó de la misma popularidad que en Flandes. Una figura parecida al Lazarillo en la literatura alemana es Till Eulenspiegel. En una parte del relato, escrita en 1510, Till conoce a un grupo de ciegos. Les promete dinero a cambio de una copiosa comida y cada uno de ellos se cree que se lo ha dado a otro, por lo que todos se quedan sin nada. En Francia circulaban asimismo varias historias picarescas con episodios humorísticos a costa de los ciegos.
También los cuadros de Bruegel divertían a la gente. Su primer biógrafo dice que muchos llamaban al pintor «Pieter el gracioso», y la razón que aduce es que «quien mira el cuadro no puede permanecer serio y sin reír».
¿Podía reírse alguien con un cuadro como el de los ciegos? Actualmente resulta impensable. Pero en aquella época vivían en las cortes enanos o deficientes mentales que hacían las veces de bufones. La tendencia siempre ha sido la misma: el culto se ríe del inculto, de la persona presuntamente tosca, torpe o ignorante. También hoy se ríen los niños cuando alguien tropieza y se cae en un charco.
No hay lugar para la piedad
Antes que Bruegel, ya habían retratado a ciegos otros artistas. A mediados del siglo xvi lo hizo, por ejemplo, Cornelis Massys, en un grabado que representa a unos invidentes sin características individuales y con los ojos cerrados, como era tradicional. La comparación acentúa las cualidades de la obra de Bruegel. Él no pintó clichés, sino personas, cada una de ellas con su propia cara y su propia enfermedad.
Bruegel individualizó, a diferencia de Massys, quien al pintar a seis personas una detrás de otra parecía que retratara a personas en general. Ante su obra, sus coetáneos podrían haberse acordado de las danzas macabras, en las que todas las figuras desfilan tocando al personaje que va delante. Sin embargo, la mayor diferencia con la obra de Massys es que en el grabado de éste los ciegos caminan a un mismo nivel, mientras que en el cuadro de Bruegel están situados en diagonal. El movimiento de caída de los ciegos cobra un nuevo significado por la trayectoria de la línea diagonal.
En el grabado de Massys, la caída parece una casualidad tonta. La diagonal de Bruegel, en cambio, hace de la caída algo inevitable, como una trayectoria hacia algo definitivo. Esa sensación de la existencia de un final viene reforzada por los colores, matizados todos ellos por un tono de gris. No hay ningún contraste vivo, sólo la persona que va al final de todo lleva algo rojo en su ropa. Más significativos son los colores de la indumentaria del guía que se cae. El pantalón, la capa, la chaqueta, el sombrero y el instrumento musical se acercan a las tonalidades de la tierra y del agua en la que se va a hundir. El pintor sugiere que van a acabar en la tierra. Las cabezas de los ciegos forman una curva, la curva de la vida, y las de los que se caen marcan su fin. No es sólo un cuadro sobre la ceguera, sea física, moral o religiosa, sino sobre el imparable movimiento hacia la muerte.
En la charca en la que se encuentra el ciego que se ha caído crece un lirio. La flor es tan grande como la cara de los personajes. En comparación con la brutalidad naturalista de la cabeza de los ciegos, el tamaño exagerado de la flor parece un símbolo del otro mundo. Bruegel conocía su simbolismo: los lirios blancos aludían a la pureza y a la redención, pero el pintor deja abierta la posibilidad de que los hombres consigan redimirse o no, de que alguno de ellos pueda alcanzar el lirio.
La caída de la vida
El hecho de que Bruegel pintara el cuadro de los ciegos en el mismo año de su muerte y en un período de asesinatos ordenados por las autoridades permite suponer que quería comunicar algo sobre el final de la vida.
Pero también puede haber otro motivo. Es posible que su inspiración se debiera a una mera cuestión de técnica: la representación de personas que se caen. En otro lienzo suyo de 1568, El ladrón de nidos, colocó en el centro de la imagen a una figura monumental que se cae hacia delante, es decir, hacia el observador del cuadro. En la obra de los ciegos plasmó una caída desde una perspectiva lateral, como si fuera una secuencia a cámara lenta. En la pintura nunca se había hecho nada igual hasta la fecha. El interés técnico y artístico de Bruegel por el tiempo y por las circunstancias de la vida hicieron posible la creación de este extraordinario cuadro.

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